Frankenstein no es la historia que crees conocer

Cuando empecé Frankenstein, de Mary Shelley, esperaba encontrar una historia de monstruos y escenas de miedo. Sin embargo, terminé descubriendo una novela mucho más profunda, que habla sobre la soledad, la responsabilidad y las consecuencias de nuestras propias decisiones.
La historia sigue a Victor Frankenstein, un joven científico obsesionado con desafiar los límites de la naturaleza y crear vida. Cuando finalmente lo consigue, el resultado no es lo que esperaba y, en lugar de hacerse cargo de su creación, decide abandonarla. A partir de ese momento, tanto Victor como la criatura se ven atrapados en una espiral de sufrimiento, rechazo y venganza.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue que la criatura no nace siendo malvada. De hecho, en varias escenas intenta acercarse a las personas, aprender y ser aceptada, pero constantemente es rechazada por su apariencia. Esto hace que uno se pregunte quién es realmente el monstruo: la criatura o quienes la condenan sin conocerla.
También me pareció interesante cómo el libro plantea la obsesión de Victor por el conocimiento y las consecuencias de actuar sin pensar en la responsabilidad que implica. Más que una historia de ciencia y terror, es una reflexión sobre los límites de la ambición humana y sobre lo que puede ocurrir cuando alguien crea algo y luego se niega a asumir las consecuencias.
Aunque fue publicada hace más de dos siglos, la novela sigue sintiéndose actual porque plantea preguntas que todavía nos hacemos hoy: ¿hasta dónde debería llegar la ciencia?, ¿Qué nos hace verdaderamente humanos?, ¿es posible convertir a alguien en un monstruo a través del rechazo?
En general, Frankenstein es mucho más que una novela de terror. Es una historia triste, inquietante y profundamente humana, que logra hacerte reflexionar mucho después de haber terminado la última página.
